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EL HERMANO PEQUEÑO DE RECUPERANDO IDEAS.

martes, 3 de marzo de 2026

Cuando los hechos dejaron de importar(Reflexiones personales a partir del libro de Máriam Martinez-Bascuñán, El fin del mundo común)

Cuando los hechos dejaron de importar

(Reflexiones personales a partir del libro de Máriam Martinez-Bascuñán,  El fin del mundo común)

Hay un párrafo, al inicio del libro, en el que Máriam Martínez-Bascuñán narra  un acontecimiento que sería la síntesis del sentido del libro y que ya, de inicio, nos debería provocar una reflexión. Al día siguiente de la primera investidura de Donald Trump, su jefa de prensa compareció ante la prensa para afirmar, sin ningún tipo de reparo, que había sido la más multitudinaria de la historia. Pero, las fotografías demostraban lo contrario. Cuando una periodista lo señaló, la asesora de la Casa Blanca respondió con una expresión que pasaría a la historia: eran "hechos alternativos".

Se podría pensar que ese momento fue una de las excentricidades del “trumpismo”. Pero Martínez-Bascuñán, a través de esta especie de parábola real, nos invita a mirar más de cerca, porque el problema no es Donald Trump. El “trupmpismo” es un síntoma. ¿De qué?. Pues de que vivimos en una época en la que la verdad ha perdido su función social: ya no sirve para dirimir debates, ya no es el terreno común sobre el que construimos la convivencia. Y eso, como bien vió Hannah Arendt décadas antes de que existiera la palabra "posverdad", tiene consecuencias para la democracia.

Arendt acuñó el concepto de mundo común para designar algo que no solemos ver precisamente porque está siempre ahí: los hechos, realidades y referencias compartidas que hacen posible que personas distintas puedan debatir, discrepar y llegar a acuerdos. No se refiere a la unanimidad de opiniones, sino de algo más básico y más frágil: el acuerdo sobre qué está ocurriendo. Dos personas pueden interpretar un mismo hecho de manera radicalmente diferente y, sin embargo, ese desacuerdo tiene sentido porque ambas reconocen que el hecho existe.

Resulta tentador creer que la posverdad es simplemente mentira con mejor marketing. Si fuera así, la solución  sería sencilla: más datos, más verificación, más fact-checking. Pero Martínez-Bascuñán nos muestra, de la mano de Arendt, por qué esa solución es insuficiente.

La mentira política clásica ocultaba la realidad. El mentiroso sabía que mentía, y por eso existía la posibilidad de desenmarcarlo. La posverdad opera de otra manera: no niega solo los hechos concretos, sino que siembra la desconfianza sistemática hacia cualquier instancia capaz de establecerlos. Cuando se deslegitima a la prensa, a los científicos o a los expertos, no se está cometiendo un error: se está ejecutando siguiendo una estrategia: el objetivo no es que la gente crea en otra verdad, sino que deje de creer en la posibilidad misma de la verdad. El escepticismo generalizado se convierte en una herramienta de control.

Una de las aportaciones, en mi opinión, más interesantes del libro es que el diagnóstico no ahorra críticas al campo progresista o ilustrado. Martínez-Bascuñán detecta lo que llama un "autismo recíproco": la brecha entre élites y ciudadanía no es un fenómeno de un solo sentido. Las élites culturales y políticas también han dejado de escuchar, también se han encerrado en burbujas, también han confundido sus marcos interpretativos con la realidad objetiva. La posverdad florece en el humus de esa desconexión. Pero esto, lejos de ser una llamada a la equidistancia o una invitación al relativismo, es un recordatorio de que recuperar el mundo común requiere un esfuerzo de escucha que no puede ser unilateral. Si queremos que los ciudadanos vuelvan a habitar un espacio compartido de hechos, es necesario que quienes tienen responsabilidad pública dejen de hablar solo para los que ya están convencidos.

Aquí reside la dimensión verdaderamente pedagógica del libro: lo que está en juego no es solo la información, sino el juicio. La capacidad de distinguir lo verdadero de lo falso, lo relevante de lo accesorio, la evidencia de la opinión. Arendt lo sabía: sin juicio ciudadano, no hay política, solo gestión de emociones.

Cultivar es una prioridad y no puede delegarse solo en los medios de comunicación ni en los algoritmos de detección de bulos. Es una tarea que empieza en la educación, en la familia, en el debate cotidiano. Es una tarea socrática, en el sentido más literal: implica la disposición a examinar las propias creencias, a tolerar la incomodidad de no tener la razón, a reconocer que la realidad no se ajusta siempre a nuestros deseos.

Vivimos en una época de abundancia informativa y escasez de atención. Recibimos más datos que nunca y tenemos menos tiempo para procesarlos. Las redes sociales han optimizado la respuesta emocional inmediata y han desincentivado la reflexión lenta. En ese ecosistema, el juicio crítico no solo no se cultiva: se atrofia. Y cuando el juicio se atrofia, la democracia queda a merced de quien mejor sepa explotar los miedos y los resentimientos.

Esta humilde reflexión no es una mera reseña literar:  es una invitación a tomarse en serio un problema que tendemos a localizar siempre en los demás: en los votantes del populismo, en los seguidores de teorías conspirativas, en los que "no se informan bien". Pero la destrucción del mundo común nos afecta a todos, también a quienes creemos estar bien informados, también a quienes nos reconocemos como racionales y críticos. La burbuja no tiene un solo color.

El libro de Martínez-Bascuñán no ofrece soluciones fáciles porque no las hay. Pero sí ofrece algo más valioso: un marco conceptual para entender en qué momento estamos y qué está realmente en juego. Y ese marco tiene nombre: Hannah Arendt, una pensadora que escribió desde la experiencia del totalitarismo y que nos advirtió con décadas de antelación de lo que ocurre cuando la realidad compartida se volatiliza.